En los meses que este proyecto ha durado, se han puesto en evidencia las dificultades de la producción colectiva; no es fácil conseguir un compromiso constante de la gente, sobretodo cuando uno mismo pasa por los altibajos de un proceso creativo personal. Este nivel de baja actividad ha hecho, pero, que surgiera un nuevo enfoque del proyecto, cosa que no es en ningún caso negativa, ya que el objetivo inicial era proponer un espacio abierto para ver qué podía ocurrir, y eso es lo que ha pasado.
Han ocurrido pocas cosas en relación con las expectativas de productividad que a priori parecían ser el criterio más generalizado (cultivar plantas y qué hacer con ellas), pero creo que se han conseguido otras muchas.
Hemos colaborado, a pequeña escala, aportando más o menos conscientemente, una ayuda física, una idea, el detonante de una nueva faceta del proyecto, unos conocimientos o simplemente compañía.
El invernadero ha logrado ser un punto reconocible en el territorio, que varias personas han visitado al menos una vez. En una reciente conversación, ha sido definido como una fortaleza construida como niños para tener un pequeño espacio de libertad en el juego.
En cuanto al resultado visible del proyecto, creo que el material generado puede componer un escenario interesante, de lectura directa y con una estética un tanto ecléctica bastante característica del proceso en cuestión.
La trayectoria recorrida me parece sintomática de nuestras maneras de hacer, de nuestra tendencia a concretar en lo objetual y envolvernos de una estética de lo viejo, lo usado, lo reciclado, lo que tiene historia, y a construir imaginarios desde la acumulación de los nuestros y la apropiación de los de otros.
En resumen, la forma ha cobrado importancia, ha sido lo más perseguido en la mayoría de los casos: desde el bajo presupuesto ( que considero también una forma en si mismo ) que ha proporcionado a la estructura del invernadero una estética explícitamente cutre, hasta la manera de distribuir objetos en el espacio y proyectarlos en una sala de exposiciones, se ha buscado una manera de hacerlo que responda a ciertos criterios formales.
El invernadero ha servido, pues, para conocernos y conocer algo que no sabíamos, para demostrarnos que algo puede construirse de cero e ir abriendo caminos en muchas direcciones, pero también ha servido para dibujar un proyecto de lo que seria un espacio lleno de referencias y objetos de un imaginario construido colectivamente, expresamente contaminado del trabajo de los que estamos aquí.
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